El secreto de enseñar no es tanto transmitir conocimientos como contagiar ganas, especialmente a los que no las tienen. En otros tiempos el profesor tenía garantizadas la audiencia y la obediencia de sus alumnos, pero hoy en día tiene que ganarse el respeto y la disposición favorable del alumnado con buenas prácticas docentes.

  
En este escenario han cambiado la obra y no se puede seguir representando el mismo papel. El papel que la nueva educación demanda al profesorado está ligado a la gestión de las múltiples variables presentes en el aula relacionadas con tres ámbitos fundamentalmente: 

  • Control. Es el requisito imprescindible para poder pasar a los otros dos campos de actuación, y no debe olvidar en todas las actuaciones la finalidad primordial  que no debe ser otra que el entrenamiento de los alumnos en el autocontrol.
  • Relaciones interpersonales. Todos los momentos y vivencias en el aula están inundados de contactos y roces (positivos, insípidos y negativos) de todo tipo que conviene conocer y regular.
  • Rendimiento. Un adecuado control y unas relaciones sociales saludables no deben quedarse ahí, sino que deben estar al servicio del aprendizaje y el rendimiento académico, que contribuya a un pleno desarrollo de la personalidad de acada individuo. 

En este estado de cosas, y sabiendo que en una enseñanza obligatoria nos vamos a encontrar inexorablemente con resistencias en forma de conflictos más o menos graves/frecuentes, se hace imprescindible buscar un modo de cambiar actitudes negativas  y de corregir conductas inadecuadas. Saber cómo prestar una atención adecuada y eficaz  a los alumnos "que no quieren" dentro de un enfoque amplio de atención a la diversidad, ha de formar parte de las competencias profesionales de los docentes de hoy. 

Dar clase a los que no quieren pasa por la creación de condiciones que lo hagan posible. Cualquier profesor quiere dar clase en condiciones, pero éstas no se crean solas, sino que son creadas fundamentalmente por el profesor y sus alumnos, conformando conjuntamente una determinada atmósfera donde todos se sientan a gusto y rindan cada uno en su cometido. El profesor, desde el primer momento en que se presenta a sus alumnos, está creando/gestionando condiciones que bien atenúan la sensación de obligatoriedad (con buenas prácticas docentes) o bien la agravan (con prácticas docentes de riesgo), y que deben contribuir a conformar un clima de clase optimizador de la convivencia y el aprendizaje. Este "acondicionamiento" debería concretarse en la mejora de los cinco niveles que como mínimo están presentes en el aula: 

  • Nivel convivencial o social, que viene definido por la calidad de las relaciones interpersonales presentes en el aula, y que puede concretar en el número y gravedad de incidentes y roces entre alumnos y entre éstos y el profesor.
  • Nivel emocional, definido por la calidad de estados anímicos y por el grado de satisfacción/insatisfacción de los miembros del grupo con la clase.
  • Nivel motivacional, concretado por el mayor o menor grado de implicación en las tareas y objetivos de los alumnos.
  • Nivel atencional, resultado del número de alumnos que atienden y la cantidad de tiempo que lo hacen.
  • Nivel académico, resultante del número de aprobados y la cantidad/calidad de conocimientos que poseen los alumnos. 

El nivel académico viene condicionado por los otros cuatro, que tienen carácter estratégico  y son llave para mejorar el rendimiento cognitivo-académico. Por lo tanto, no se puede ser aséptico en esta cuestión: si un profesor quiere mejorar el nivel académico, ha de procurar mejorar previamente los otros cuatro niveles. El profesor se encontrará en cada uno de los niveles, valores elevados o bajos (nivel 10, nivel 0, nivel 4...), que forzosamente va a modificar, no pudiendo escapar a esta influencia que es la raíz de la educación integral: siempre se educa, siempre se está influyendo, de forma explícita-planificada, o implícita-intuitiva. Evidentemente, son múltiples las ventajas de hacerlo de forma planificada y con criterios unificados y convergentes entre los distintos profesores y, a ser posible (tendría que ser posible), las familias. 

El resultado de este estilo de gestión del aula debería ser una forma de dar clase que mejore los índices de atención, que consiga un mayor control pero con el menor número de intervenciones disciplinarias posible y que logre que el mayor número de alumnos se sumerja en las tareas escolares propuestas. 

No es fácil la tarea, pero es hermosa, y con optimismo, perseverancia y confianza en las propias fuerzas se puede conseguir: yendo paso a paso, creciendo cada día, disfrutando, sin dar respiro al desaliento.

Juan Vaello Orts.